Hace exactamente 60 años, Ernest Hemingway escribió su obra más famosa, “El Viejo y el Mar” sobre un anciano cubano que después de un largo tiempo sin suerte consigue capturar, con gran sufrimiento, un pez enorme que le devolvería la gloria de sus tiempos pasados ante los demás pescadores. Pero el pez era tan grande que no logra colocarlo en su barca y tiene que llevarlo arrastrando por el mar, permitiendo que una multitud de tiburones lo vaya devorando poco a poco hasta dejarlo sin carne ni entrañas, transformándolo en una carcasa antes de llegar a puerto.
La novela de Hemingway que lo ayudó a obtener el Premio Nobel de Literatura en 1954 parece haber sido, en realidad, un vaticinio de lo que Cuba viviría después de la publicación de esta novela. No en vano Hemingway, gran amigo de Fidel Castro, es también el escritor estadounidense más reconocido por los cubanos.
Cuando cayó el dictador Fulgencio Batista que había convertido a su país en una virtual colonia de inescrupulosos empresarios estadounidenses y que huyó con una fortuna estimada en 100 millones de dólares, la revolución de Castro desató grandes simpatías y expectativas entre aquellos que querían un mundo mejor.
De inmediato, la revolución cubana encandiló por sus conquistas sociales como la eliminación del analfabetismo, el acceso irrestricto a los servicios médicos y el gran desarrollo de las artes, el deporte y la ciencia. Bajo la protección de la ex Unión Soviética y otros países comunistas, Cuba recibió miles de millones de dólares de subvención para garantizar su viabilidad económica. “Éramos un paraíso artificial”, reconoce un economista que laboró inicialmente en el gobierno y hoy es uno de sus críticos.
Pero al mismo tiempo que se exhibían éxitos económicos, la isla se transformaba en una gigantesca cárcel para todos aquellos que no comulgaran con el régimen. Las persecuciones a disidentes, fusilamientos, reclusiones en campos de concentración y censuras impulsaron a miles de cubanos a huir, dejando atrás un país que paulatinamente perdía su impulso inicial para transformarse como el viejo de la novela de Hemingway en un ser paralizado en el tiempo, más cercano a cualquier dictadura tradicional capitalista.
Hoy los majestuosos edificios de La Habana vieja esconden detrás de sus destartaladas paredes a personas que tienen que luchar cada día por mantener su dignidad en un lugar donde la escasez es la norma y la abundancia, la excepción. Mientras miles de turistas pasean y toman fotos a los edificios que se caen a pedazos con ventanas llenas de ropa tendida, familias enteras viven hacinadas en pequeños espacios con luz eléctrica, agua potable y alimentos racionados.
En La Habana moderna, la situación es mucho mejor. Los modernos hoteles cinco estrellas, la mayoría de cadenas españolas, forman un gran bloque que rodea el mar al lado de las embajadas y casas de altos funcionarios gubernamentales confiscadas a las familias ricas que vivían antes de la revolución en barrios como Miramar o Vedado.
La gran ironía de Cuba es que se trata, sin duda, de uno de los países más hermosos del mundo con paradisíacas playas de arena blanca y aguas color azul esmeralda que atraen a miles de turistas cada año, especialmente canadienses y europeos.
Pero en Cuba no existen los términos medios: la belleza es exuberante y sus problemas también. El embargo de Estados Unidos que se inició en 1962 y que ha castigado sin atenuantes al país así como los graves desaciertos en el manejo económico del régimen socialista parecen conducir a la nación de casi 12 millones de habitantes a un callejón sin salida.
Con la llamada libreta de abastecimiento que, en realidad es de racionamiento, cada cubano puede, en el mejor de los casos, comer entre 10 y 12 días al mes realizando una sola comida al día con un mínimo de proteínas. Por ello, tiene que recurrir al mercado paralelo de alimentos, donde los precios están liberados y alcanzan niveles absurdos cuando el sueldo mínimo es de 247 pesos, es decir alrededor de 9 o 10 dólares al cambio oficial.
Fidel Castro, quien estuvo en el poder 48 de los 52 años de revolución, admitió que su régimen tuvo varios desaciertos. “Nosotros, los revolucionarios cubanos, cometemos errores y cometeremos sin duda otros”, dijo en un ensayo publicado este mes en la prensa estatal cubana.
Pero si cree que debido a las carencias encontrará a personas tristes y deprimidas deambulando por las calles, se equivoca. Los cubanos han estirado hasta el extremo el significado de la palabra paciencia sin perder casi nunca la sonrisa y el buen humor
“No se puede estar triste en un lugar tan hermoso”, asegura un hombre que maneja su viejo automóvil Ford de 1954, el cual usa para hacer taxi a los turistas y ganarse unos dólares extras. “Nosotros nos reímos para no llorar”, añade.
La persecución y hostigamiento a los disidentes no cesa. El periodista Guillermo Fariñas, quien cumplió una huelga de hambre que casi lo lleva a la muerte, no pudo salir de la isla para recibir el premio por su defensa a los derechos humanos que le concedió el Parlamento Europeo, las llamadas “Damas de Blanco”, un grupo de mujeres que pide la libertad de presos políticos, son constantemente acosadas por partidarios del gobierno y la bloguera Yoani Sánchez hace malabarismos para mantener su blog, donde informa al mundo la situación de su país por citar algunos ejemplos.
Sin embargo, los temores a hablar abiertamente de sus carencias persisten. Mucha gente disfraza su miedo a decir lo que realmente piensa por temor a ser arrestada o denunciada como “contrarrevolucionaria”. Por eso cuando las preguntas se vuelven mas incisivas, te dicen amablemente “Quita catao y pon quinqué”, es decir cambiemos de tema, hablemos de otra cosa
“En Cuba cada inconforme tiene su propia sombra o grupo de ellas que lo persigue. Los llamados “segurosos” usan sofisticadas técnicas de supervisión, que van desde intervenir la línea telefónica, colocar micrófonos en las viviendas o rastrear la ubicación de una persona por la señal de su teléfono móvil”, escribió recientemente Yoani Sánchez en su blog.
Este primero de enero, el régimen cubano cumplió 52 años y parece haber iniciado un nuevo proceso de cambios. Raúl Castro anunció un paquete de medidas que incluye el despido masivo de empleados públicos y la reducción de subsidios, medidas cuya severidad han sido comparadas con aquellas que promueve el Fondo Monetario Internacional.
Se espera que en los próximos seis meses desaparezcan del Estado 500.000 puestos de trabajo y en los próximos tres años, un millón 300 mil empleados y funcionarios públicos perderán su empleo, es decir 25 por ciento del total. Las medidas están destinadas a fortalecer la frágil economía, algo definitivo en los intentos de Raúl Castro para garantizar la supervivencia del socialismo después que desaparezca la generación que comenzó la revolución.
“O rectificamos, o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio; nos hundimos y hundiremos el esfuerzo de generaciones enteras”, declaró hace unas semanas Raúl Castro en la Asamblea Nacional.
Sin duda una rectificación que puede llevar a Cuba como el anciano de “El Viejo y el Mar” a recuperar la libertad, la democracia y también la admiración del mundo o a hundirse aún más en el infierno que ya está viviendo.

Pobladores de La Habana en mercado, intentando obtener algo de comida con sus "libretas de abastecimiento"