Un ser que parecía estar en extinción ha comenzado a multiplicarse con peligrosas consecuencias. Se alimenta de los odios, de las polarizaciones, de los tránsfugas, de la oscuridad, del miedo, de la ignorancia.
Estuvo de moda décadas atrás, pero fue desapareciendo paulatinamente para bendición de aquellos que quieren una sociedad más justa, libre de extremismos, de cucufateria, hipocresías y otras plagas parecidas.
Se trata del sectario o intolerante, aquel que no acepta a quienes difieren de su opinión, rasgos físicos o preferencias, sean éstas políticas, religiosas, culturales, raciales o incluso sexuales.
Ahora lo podemos encontrar casi en todas partes. Está en el Gobierno, en la oposición, en el Parlamento, en la municipalidad, en la Iglesia, en los medios de comunicación, en los colegios, en las universidades, en los sindicatos, en las calles y plazas.
Todo lo que no sea igual o parecido a él, debe ser rechazado, eliminado, destruido, vilipendiado, menospreciado o merece el ostracismo. La línea correcta es la suya y considera que las críticas que le formulan siempre son injustas o provienen de aquellos que no tuvieron la fortuna de tener sus supuestos dones.
Se cree poseedor de la verdad absoluta y de la justa medida entre el bien y el mal. Detesta los colores intermedios, las medias tintas, los términos casi o semi porque considera que son sinónimo de mediocridad. Ha sido escogido para cumplir una misión especial en la Tierra, misión que pocos conocen o entienden y por eso es incomprendido.
Estaría condenado a ser una figura folclórica, de historieta cómica si no fuera porque sus acciones siempre son nocivas. El intolerante está detrás del poder – cualquiera sea su forma – y, cuando lo consigue, pretende transformarse en el rector de la vida de los demás.
El intolerante ha sido – si alguien no lo recuerda – el gestor de los peores horrores escritos en las páginas de la historia de la humanidad y, por ello, su multiplicación puede traer daños irreparables a una sociedad ya traumatizada como la peruana.
Debemos evitar, pues, que el virus que porta se siga inoculando en más personas porque, si no lo hacemos ahora, después podría ser demasiado tarde.

Es que el sectarismo lo vemos según el color del lente con que miramos la realidad. Yo no me siento sectarista, sin embargo algunos pueden pensar eso de mí, porque soy católica, porque estoy en contra del regreso de Patria Roja. Lo único anti que soy yo (y soy radical y lo confieso), es anti Chavista y anti terrorista.
El que piensa distinto a uno puede decir, “ahí va ese sectarista”.
Comentario por aurora — septiembre 7, 2010 @ 11:28 pm |
Aurora, el sectarismo no consiste en pensar distinto, sino en mostrarse intolerante con las ideas ajenas.
Ya lo explicó bien al autor del post:
“Todo lo que no sea igual o parecido a él, debe ser rechazado, eliminado, destruido, vilipendiado, menospreciado o merece el ostracismo”.
Comentario por Rex — septiembre 10, 2010 @ 3:37 pm |
Lo que yo quería proponer, era la idea de que todos en algún momento nos portamos de forma sectárea o lo parecemos. A lo mejor no nos damos cuenta, porque siempre pensamos “el defecto” es del Otro.
Tendríamos que hacer una revisión de los niveles de tolerancia que manejamos.
Saludos y gracias por tu comentario.
Comentario por aurora — septiembre 15, 2010 @ 6:21 pm |